Martes, 9 de diciembre del 2008Cortando Cebollas
Hoy se cumple una semana de aquel fatídico día. 8 días han transcurrido en los cuales ya nada es igual; desde aquella tarde en casa, mi vida no ha vuelto a ser igual y tal vez no vuelva nunca más a ser la misma. Porque los crímenes requieren un castigo y yo no me puedo perdonar. Esa tarde en la que estuve a punto de cometer no solo el peor crimen del que un ser humano es capaz sino el peor crimen de un padre.
I
¿Te has puesto a pensar que pasaría si de repente todo tu mundo se viniera abajo?, ¿Si de pronto todo lo que has logrado o todo lo que tienes a tu alrededor cambiara de tal forma que nunca mas nada fuera igual? ¿Y que tú fueras el causante de todo eso? ¿Que todo por lo que te has esforzado, todo por lo que has luchado, en un instante perdiera relevancia?, ¿Que aquello por lo que perseveraste fuera en realidad una minucia comparada con una voltereta en el tiempo en el que ya nada fuera como antes? Ese momento definitorio donde sabes –aunque a veces no, que lo que venga después dará por completo el ritmo y sentido de tu vida. Todo sucedió el fin de semana que mis padres y hermanos vinieron a visitarnos, yo tenía pensado preparar una gran celebración, no los veo muy seguido y una comida es lo mejor para reunir y festejar a la familia. Estaban todos, incluyendo mis sobrinos Andrés y Pablo, ellos son de la misma edad de Manuel y de inmediato se pusieron a jugar y a correr por la casa. Ese día decidí hacerme cargo de la comida, estaba en la cocina preparando algunas botanas, cortando quesos y sirviendo el vino; Silvia, mi mujer, platicaba con mis padres, los niños iban y venían, el ambiente se llenaba de risas y conversaciones festivas. Yo seguí preparando la comida, Manuel jugaba y corría con sus primos, tu sabes, los niños solo quieren divertirse y aunque se les advierta, por lo general no hacen caso; pasaban cerca de la cocina y yo solo acertaba a gritarles – Manuel, por favor salgan al patio, la cocina no es lugar para juegos. Mientras, desde mi lugar en la cocina le hacía algunos comentarios a mi hermano Eduardo sobre los últimos acontecimientos y las noticias del momento; tomé el cuchillo para rebanar las cebollas, ¿has cocinado alguna vez?, sabrás entonces que no siempre las cebollas te causan lagrimeo, procuro siempre lavarlas antes de cortarlas, ¿Por qué?; uno de los compuestos de la cebolla contiene azufre, al cortarla se produce una reacción química y con el agua se vuelve ácido sulfúrico, por eso las lágrimas, el cuerpo busca diluir ese ácido con agua. Dejé varias en la tabla de picar y empecé por la mas grande, después de los primeros cortes el fuerte olor golpeó mi cara, en el instante en que voltee para tomar el trapo de la cocina y limpiarme el rostro pasó corriendo Andrés, segundos después detrás de él Pablo y en ese instante Manuel. Pensando que seguirían de largo hacia el patio me estiré para alcanzar el trapo, en la mano derecha con brazo extendido sostenía el cuchillo; no esperaba que la persecución de los niños diera vuelta tan pronto y que Manuel fuera el primero en regresar; cuando tomé el trapo solo escuché la risa de Manuel. El cuchillo nunca salió de mis manos, yo solo sentí como se encajó en la carne, con profundidad, limpio, preciso, pero con la sensación de la carne, fresca y suave como de ternera. ¡Manuel! –grité yo y mi hijo cayó al suelo, vi el rostro de Silvia palidecer, la preocupación y el miedo se apoderaron de su cuerpo al mismo tiempo que la sangre brotaba impetuosa, cálida, y yo sentía pulsar mi mano y el cuchillo. Todo se congeló en un instante, el instante del que nunca habrá marcha atrás. Traté de tomar a Manuel en mis brazos, pero trastabillé y caí al suelo, vi a Silvia quedarse detenida sin saber como reaccionar, muy espantada por la confusión del momento; le grito a mi hijo y no responde; Eduardo se acerca a la cocina, yo sigo gritándole a Manuel, veo el cuchillo lleno de sangre y empiezo a sentirme algo mareado, no entiendo lo que dicen, siento que me baja el color y veo que a Silvia también. Que la herida es profunda y la sangre sale con fuerza, oigo decir a Eduardo, que hay que cubrir la herida para parar la sangre. - Miguel ¿Qué fue lo que paso?. Soy un autómata no respondo a nada de lo que me preguntan, yo solo cierro los ojos, alcanzo a pedirle perdón a Silvia y pierdo el sentido. II - Miguel…Miguel...Miguel. Estoy al borde la locura, Manuel se ha ido y con él mis ilusiones y esperanzas de vida; no es que un padre base sus sueños en sus hijos o que quiera ver realizadas aquellas cosas que no pudo cumplir cuando joven a través de sus hijos, es simplemente el deseo y la ilusión de que ellos logren sus propias metas, de verlos tomar el mando de su vida, de que ellos no cometan los mismos errores que los padres. Yo deseaba tantas cosas para Manuel y deseaba que él cumpliera lo que la vida le tenía por venir; aunque a veces el porvenir no sea lo que nosotros queremos para ellos; pero yo esperaba estar ahí para él y no que él ya no estuviera conmigo. Yo fui el causante de su muerte, lo se. Después de muchas discusiones Silvia se fue de la casa, meses de intentar arreglar nuestra relación, se cansó; nunca me perdonó el accidente; porque eso fue, un simple y llano accidente casero cortando cebollas. ¡Cebollas!, ese olor que me sigue a todas partes y no me deja dormir en paz. Que me recuerda sin cesar que yo decidí ese día cocinar, que yo escogí invitar a mi familia a celebrar, que yo y Silvia decidimos ser padres, que yo escogí pasar el resto de mi vida junto a ella; que yo acepté esa oferta de trabajo por la cual meses después conocí a Silvia. Cuantas decisiones acumuladas a través de los años para llegar a este día. Si tan solo no hubiera cortado esas cebollas, si tan solo no hubiera tomado esa decisión; si tan solo hubiera decidido no aceptar ese trabajo. ¿Si tuvieras la oportunidad de cambiar algunas cosas de tu vida lo harías? Yo solo quiero descansar y olvidar. Por mas que lo intentamos ya nada fue igual; decidimos, o mas bien Silvia decidió olvidarse de nuestra vida en común; yo ya no puedo pensar; ¿si esa oportunidad fuera únicamente para cambiar solo un momento de tu vida, que elegirías?, yo solo quiero dormir, pero también esa es una decisión que no me atrevo a tomar, tal vez solo quiero olvidar ese horrible olor a cebollas. ¿Pasarías esa oportunidad por el amor de tu vida, por tu familia, por una mejor posición económica, por advertirle a un amigo, a un hermano o a tus padres de aquello que pueda afectar sus vidas y en consecuencia la tuya? Miguel…Miguel…Miguel. La vida nos da bastantes avisos y casi siempre no los tomamos en cuenta; yo los míos los pasé de largo y ahora no lo puedo remediar. Solo quiero dormir y descansar, quiero dejarme ir y descansar, esto no puede ser verdad, ¿y Manuel? ¿Dónde está Manuel?; a lo lejos solo escucho a Eduardo. - Miguel… Miguel… Miguel…, despierta. III El olor a cebollas me hizo reaccionar. Fue lo primero que Eduardo encontró y me restregó en la nariz, antes de que Silvia llegara con el alcohol. Afortunadamente y como única reacción - tal vez de padre, me permití en el último segundo bajar la mano y pegar el cuchillo a mi cuerpo, la sangre me brotaba a chorros y sentía la calidez del líquido rodearme los dedos y la muñeca. El cuchillo se encajó en mi pierna. Mis ojos se llenan de lágrimas – ¿Y Manuel? ¿Dónde está Manuel?. En el ambiente un fuerte olor a cebollas y alcohol satura la cocina cargada de tensión; Silvia sostiene en sus brazos a Manuel que me ve perplejo, mas preocupado por su desmayado padre que por el chichón que se causó al caer al piso en el momento que le grité. Yo lloro sin poder detenerme, no son solo las cebollas, el llanto incontenible viene de mas allá, tal vez la emoción y el sufrimiento contenido, tal vez la algarabía de la vida, la posibilidad de la vida y la muerte en un solo momento, la posibilidad de la muerte en mis manos, el poder de cambiar mi destino y el de los demás. La comida terminó en una sala de urgencias un par de horas después de bastantes puntadas para cerrar la herida, acabamos pidiendo pizzas para todos; yo solo quería descansar. Pero desde entonces no puedo dormir; en las noches después de que la casa se encuentra en calma, solo la tenue luz de la cocina da rastros de que ésta vivienda está habitada; esa misma luz que me recuerda el lugar de los hechos, la escena a ser investigada. El lugar que me recuerda que el destino se fabrica todos los días y que las decisiones que tomamos no son para siempre. Y ese olor a cebollas que no me deja olvidar. Referencias
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Hay que vivir cada momento al máximo, la vida da muchas vueltas y desgraciadamente no sabemos en que momento podemos perderla o afectarla.
Debemos agradecer el aparentemente simple hecho de ser libres y vivos... |
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